miércoles, 12 de octubre de 2016

Ciervo

Los días se acortan más rápido de lo habitual por estos lares, de manera que prácticamente salgo y vuelvo a casa de noche. Y estamos a principios de octubre. Lo mismo pasará con la temperatura. Ahora mismo la sensación al andar por la calle es parecida a la que se puede tener en este mes en Madrid. Pero llega un momento que esta ciudad, que está en el mismo paralelo que Barcelona, decide saltar de cabeza al invierno. Y por lo que me cuentan, sobre las cuatro y media ya es noche cerrada. Y por lo que sé, las temperaturas invernales andan casi siempre muy por debajo de los 0.

Pero resulta que no me importa.

Leí hace un tiempo un artículo que comentaba el otro día con Vero, cuando estuvo aquí de visita. Decía el artículo que, enfrentados a dilemas morales, las personas investigadas mostraban una moral más laxa en la lengua aprendida que en la materna. Y tengo la sensación de que pasa un poco con todo. Las experiencias no se interiorizan igual en una segunda lengua que en tu primera. "El idioma de nuestra infancia resuena con mayor intensidad emocional que otro idioma aprendido en un entorno más académico". Does it make sense? Por lo tanto, yo en el cole vivo en una gran burbuja feliz, los niños no me estresan como en España. Esos momentos de "por favor, que alguien me sujete" son prácticamente inexistentes. La mala gestión del colegio me resbala, la veo con distancia. Los papeleos no me desbordan.

Y pasa un poco también con todo lo que se vive aquí. Supongo que a esto del otro idioma se une el hecho de que sé que ésta es una experiencia temporal, que no voy a estar aquí siempre.
Por eso el llegar de noche al piso todos los días no me deprime. Es parte de esa experiencia.
Como el ciervo que me he encontrado hoy en el aparcamiento al salir del cole. Que en España lo mismo me da un pirriqui, pero aquí lo he metido en el apartado mental de cosas que pasan en América y me he metido en el coche tan tranquila. Y a disfrutar del atardecer en la carretera.

domingo, 2 de octubre de 2016

Olores

Cuando uno se muda tan lejos, no tiene ni idea de nada de lo que se le viene encima. Una de las cosas que más cambia son los olores. Y no me refiero sólo a los de la comida o los de las tiendas, que también. Con las mudanzas cambia hasta el olor propio.
Las restricciones de equipaje hacen que uno se venga con lo imprescindible y procure comprar las cosas voluminosas en el país de acogida. En mi caso, yo me dejé el champú, gel, colonia junto con un largo etcétera en casa de mis padres en Madrid. Sobreviví los primeros días con los productos del hotel, pero al poco tiempo acabé comprándome los míos. Y así, sin darte cuenta, empieza el cambio de olor. Porque el champú y el gel son diferentes. El desodorante que traías eventualmente se acaba y decides probar uno nuevo, a ver qué tal. Por fin cobras y decides regalarte una colonia que no tiene nada que ver con la que usabas en casa. El detergente de la ropa no es ni parecido al que utilizabas...
Y no te das cuenta, pero acabas interiorizando esos nuevos olores y poco a poco te parece que siempre has olido así.
Hasta que empieza a refrescar y sacas la ropa de invierno. Esa que lavaste en Madrid antes de meter en la maleta. Con el detergente y el suavizante de casa. Y de repente.. joder. Llega la nostalgia al centro más profundo de tu cerebro. Y hueles el jersey o la camiseta un par de veces. Y es entonces cuando te das cuenta de lo lejos que estás de todo. De tu zona de confort. Y aparece el vértigo, que llevaba escondido ya bastantes semanas, que ya se te había olvidado.
Y te sale el lado patrio y te pones música en español y lees las noticas de tu país y luego las dejas de leer porque siguen contando lo mismo que antes de que te fueras y si sigues leyendo lo mismo se te pasa el momento nostálgico. Y a veces hace falta un poco de nostalgia. Que se está muy bien en Chi City.. pero un trozo de mí se me ha quedado al otro lado del océano y... joder.



jueves, 22 de septiembre de 2016

Gracias

Que te llamen.
Que te escriban.
Que pasen la mitad de sus vacaciones ayudándote a sobrevivir al comienzo de tu nueva vida.
Que te acompañen a llorar al del concesionario después de que se te joda el coche a la semana de comprarlo.
Que te sigan llamando. Y escribiendo. A veces incluso a mano.
Que se queden despiertos hasta horas intempestivas para preguntarte qué tal tu día.
Que te envíen un calendario de la exposición de El Bosco que no pudiste llegar a ver cuando todavía estabas en Madrid.
Que te digan que "Do you first".
Que te acojan como si fueras una hermana.
Que te lleven un tupper de lentejas al cole para alegrarte la semana.
Que te desmonten y te vuelvan a montar un cajón de Ikea que habías montado al revés.
Que te vuelvan a llamar. Todos juntos. Con vídeo.
Que se ofrezcan a traerte todas tus nostalgias cuando vengan a verte en Noviembre.
Que te hagan terapia de amiga recién conocida en el coche, con aire acondicionado, que no veas el calor que hace fuera para ser Septiembre.
Que te inviten a cenar por ahí cuando todavía no has cobrado.
Que te pregunten. Que se ofrezcan. Que estén presentes.

Todas esas son señales de que estoy rodeada de ángeles. De ángeles de los de verdad. De los que han estado y estarán siempre y de los que acaban de llegar.

Cuando paro un momento me doy cuenta de lo afortunada que soy. De que gracias a ellos, al colchón que forman y que sigue creciendo, soy quien soy y puedo atreverme a hacer este tipo de cosas. Lo de cambiarme de continente y eso.

Que soy valiente dicen.

Lo que de verdad pasa es que sois muy grandes.

Gracias.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Labor Day

Hoy es festivo en Estados Unidos. Labor Day. Un día que sirve también como excusa para que las tiendas rebajen sus artículos y que marca el comienzo de la "Holiday Season", como le llaman aquí al periodo que va desde ahora hasta navidades...
Y como este día está resultando casero, para variar, he pensado que a lo mejor es buen momento para compartir cómo se vive en un apartamento americano. Puede que no todo sean experiencias universales. Pero esto tampoco pretende ser un blog universal. Es mío y cuento lo que quiero.
Para empezar, ayer salí. Hasta tarde. Y cuando llegué, me di cuenta de que el lavavajillas ya había terminado, así que abrí la puerta para que saliera la humedad. Ya colocaría los platos a la mañana siguiente. Llegada dicha mañana, me levanto a por un vaso de agua, y de reojo veo algo marrón en el huequito de la pastilla del lavaplatos. Asumo que son cosas de la resaca y me bebo el agua. Vuelvo a mirar, y no, no son cosas de la resaca. Encajado perfectamente en dicho hueco, hay un bicho marrón. No se mueve, pero no me fío. Y como es pronto para afrontar una lucha titánica con el insecto, cierro la tapa del famoso hueco, no se vaya a escapar mientras duermo la última horita, y me vuelvo a la cama. Cuando finalmente me despierto, me parece que me lo he imaginado todo, pero abro la tapa y ahí sigue el bicho, que sigue sin moverse. Me asaltan varias dudas respecto al proceso que ha llevado a esta situación:
1) Este insecto volador ha debido entrar por alguna de las ventanas, pero las dos tienen mosquiteras. Ergo, WTF?
2) ¿En qué momento le pareció buena idea meterse en el hueco de la pastilla? ¿Lo habrá hecho antes?
3) ¿Está vivo?

Así que cojo (o agarro, que aquí lo de coger es otra cosa) los guantes de limpiar, a ver si me atrevo a quitar el bicho con un papel. Pero no hay huevos. Qué asco.
Así que, plan B. Cerrar otra vez la tapa de la pastillita, colocar los platos limpios en su sitio, y poner a funcionar el lavavajillas, con bicho. A ver si se desintegra. Sé que es un enfoque poco ecológico, pero yo sólo quería desayunar tranquila. Al terminar el lavavajillas, compruebo si el bicho sigue en el compartimento y no. Uf. Se ha desintegrado, pienso, un problema menos. Error. Ahí está el bicho, al fondo del lavavajillas, asumimos que ya muerto. Y limpio. Como las posibilidades de que revolotee cuando intentemos cogerlo se han reducido bastante, volvemos a la estrategia del guante y esta vez sí conseguimos tirarlo a la basura. Qué asco. Qué asco. Qué asco.
Así ha comenzado el día festivo.

Luego, y esto no es exclusivo de día festivo, he pensado que a lo mejor era buen momento para hacer la colada. Este proceso requiere cierta claridad de mente que no siempre tengo los días laborables, así que he aprovechado. Incluye los siguientes pasos:
1) Baja tooooda tu ropa al laundry room de una sola vez. Incluye toallas, sábanas y todo lo que tengas por ahí, porque la lavadora es cara y es de tamaño industrial. Seamos prácticos. Además, recuerda bajar el detergente y la tarjeta de crédito. Jode mucho darse cuenta de que no tienes una de las dos cosas cuando ya has metido toda la ropa dentro. Y ya no está Leyre para ofrecerse a subir por ti.
2) Sube a casa. Sonríe al señor que comenta que es muy apropiado que lleves una camiseta que dice "I need holidays". Haz como si fuera un look casual intencionado.
3) Espera los 30 minutos que dura el programa. Puedes aprovechar y limpiar el baño, que ya va tocando.
4) Baja otra vez. No te olvides de la tarjeta. Ahora toca poner la secadora. Espera 45 minutos.
5) Sube en el ascensor sin espejo. Échale paciencia hasta llegar al 7º.
6) Baja otra vez a los 45 minutos. Has calculado mal y toca esperar en el laundry room hasta que termine la secadora. Calcula cuántos días podrías sobrevivir sólo a base de la comida de la máquina expendedora.
7) Ya puedes subir y hacer lo que te dé la gana. Pero recuerda que si dejas la ropa caliente y arrugá, no te va a quedar otra que plancharla próximamente. Valora tus prioridades.

Y ya está. Ya puedes descansar y disfrutar del maravilloso Labor Day. Y no hacer nada un par de horas, que ya toca.







miércoles, 31 de agosto de 2016

Boat

Vuelo.
Comidas.
Uber.
Coche.
Seguro.
Gasolina.
Piso.
Fianza.
Cama.
Mesa.
Sillas.
Utensilios de supervivencia.
Móvil.


Esta lista es parte de los gastos iniciales que tiene que asumir uno cuando se mete en un sarao de la magnitud de éste en el que me encuentro. Y la lista de ingresos, de momento, se ha limitado a mis nóminas de España que, afortunadamente, todavía estaban pendientes. De EEUU, nada de nada. Porque resulta que para poder cobrar legalmente de una empresa en este país necesitas un número de la Seguridad Social que, entre unas cosas y otras, no me ha llegado hasta este lunes.
Y siguiendo con el hilo de la entrada anterior, cada vez que sonaba en la radio la canción de Buy me a boat me sentía mas identificada.

I know everybody says
Money can't but happiness,
But it can buy me a boat,
It can buy me a truck to pull it...

Y pensaba en todo lo que podría comprar si empezara a cobrar de una puñetera vez... Lo del barco, en concreto, me da más igual, pero estaría bien un sofá, para no limitar mis opciones de descanso a cama y silla dura. Pero más que nada para empezar a devolver a mis amantísimos padres parte de lo que me han ido prestando. Angelicos.
Ya se lo he dicho. Me voy a tatuar sus caras, una en cada brazo. Y en el pecho, con letras grandes y horteras, "amor de padres". Cuando cobre, claro.




jueves, 18 de agosto de 2016

Cantar

Tengo que reconocer que conducir no me entusiasma. Conducir en general, digo. Conducir por un camino conocido y sencillo con cierta regularidad, sí. Porque me lo aprendo, dejo de estresarme, y canto. Me monto mi propio show. Esto me pasaba en Madrid, cuando iba al voluntariado en Carabanchel y mis amantísimos padres, supongo que aterrados, me prestaban el coche los domingos.Y me pasa ahora, en los 50 minutos de commute entre Evanston, donde vivo, y Waukegan, donde trabajo. Después de algunos días de pánico total en los que acumulé contracturas que aún conservo, ahora ya me sé el camino. Y le doy a tope a la radio. Y canto.
Por amoldarme al estilo local, escucho country. La emisora es US99. Y me encanta. Porque el country habla de coches, highways, gente enamorada, gente desenamorada y valores americanos. Entonces yo me acoplo al estilo de cada canción, según el momento, y canto con ellos "hallelujah" en modo coro gospel, la de "always be humble and kind" en plan cowboy serio y respetuoso, y la de "bet you think I'm all alone.... no" como un vaquero despechado. No puedo dar más datos de las canciones, no tengo ni puñetera idea de cómo se llaman. Pero me sé trozos de las letras, y el resto lo relleno con unos nanananaaaa muy convincentes. A veces me planteo qué pensarán los del coche de al lado, pero luego llega el estribillo y se me pasa.
Dentro de poco me voy a saber también los anuncios. Porque habéis de saber que los anuncios de las emisoras de country americanas se dividen en tres categorías: Dunkin Donuts (America runs on Dunkin), muebles (better versions of what people want) y concesionarios. Estoy en ello, creedme.
El otro día me puse a tararear bajito en un Uber y el conductor me dijo que por qué no hacía moonlighting como cantante. No sé si he comentado ya que los americanos son extremadamente amables. Total, que me he venido arriba. Y cada trayecto en mi Jeep del año pun me lo paso mejor. Y me doy una palmadita en la espalda y me digo: Olé tú. Que llevas ya un mes aquí y has sobrevivido. ¡Y que viva el country!

domingo, 14 de agosto de 2016

Huevos

Que no, que no vas a cenar huevos. Ni hoy, ni mañana, ni probablemente pasado mañana. Porque has ido con toda tu buena intención al súper de la esquina y has llenado tu nevera de comida saludable. Pero no tienes sartén. Ni aceite. Ni sal. Y son tantas las cosas que tienes que recordar estos días que tardarás cinco en poder cenar huevos. Por fin.
Y lo mismo que te ha pasado con los huevos te va a pasar con casi todo. Nada sale a la primera. Y casi nada a la segunda. Menos mal que el destino te ha rodeado de gente maravillosa. Gente a la que, en muchas ocasiones, acabas de conocer, pero en la penuria casi los sientes familia. Y, en mi caso, una amiga del alma que ha venido a hacerme de paño de lágrimas y de destornillador de Ikea durante estos primeros días de locura. Y casi la vuelvo loca a ella.

Supongo que luego escampará la tormenta, y cuando todo se asiente estos días parecerán menos duros, menos áridos, de como los he vivido. Aunque sé que en el fondo no es para tanto. Sé que hay muchísimas más cosas buenas que malas en todo esto, pero tan lejos de casa, a veces una no logra ser todo lo optimista que debería, falta perspectiva. Ahora, ya con más calma, puedo pararme y ser consciente de lo afortunada que soy. De lo bonito que es Chicago. De lo que mola que tenga playas, y pizzas gigantes, y Loop, y música, y tanta vida.

Empieza mañana una segunda semana de clases. Y eso me hace absolutamente feliz. ¡Qué maravilla! Resulta que a este lado del charco los niños también sonríen, se emocionan y te abrazan. Te quieren y eres la mejor profe del mundo, sin discusión. Al fin y al cabo, ¡qué suerte la mía! :)